Pese a sus constantes advertencias de que sería torturado si regresaba a Honduras, Melvin Martínez Guardado fue finalmente extraditado por Estados Unidos el pasado 22 de septiembre de 2025. Durante más de un año, desde una celda en Texas, intentó frenar la decisión mediante apelaciones, peritajes y recursos legales, pero nada logró cambiar su destino.
Martínez había insistido que su temor no era una excusa para evadir la justicia, sino un ruego para mantenerse con vida. Según su defensa y diversos informes internacionales, el sistema penitenciario hondureño enfrenta condiciones críticas marcadas por violencia, corrupción y el control de estructuras criminales.
Un peritaje que advertía lo peor
La defensa presentó un informe firmado por un experto independiente, el cual concluía que era más probable que Martínez fuera torturado a que no lo fuera si ingresaba al sistema carcelario hondureño. Sin embargo, esa evidencia no tuvo peso determinante en el proceso.
Una batalla legal desigual
Tras su arresto, Martínez interpuso un habeas corpus, presentó recursos de suspensión, apeló ante el Quinto Circuito y elevó el caso hasta la Corte Suprema de Estados Unidos. Su equipo legal argumentó que la extradición violaba la Convención Contra la Tortura, tratado del cual EE. UU. es parte.
Pero se enfrentaron a un obstáculo casi insuperable: la regla de no indagación, un principio que impide a los jueces estadounidenses evaluar las condiciones carcelarias del país que solicita la extradición.
En palabras simples: aunque exista riesgo de tortura, los jueces no pueden bloquear la extradición por esa razón.
La decisión final de EE. UU.
En julio de 2025, el Departamento de Estado aprobó la entrega con una frase breve y controvertida:
“La decisión cumple con la Convención Contra la Tortura”.
No explicaron cómo se garantizaría su seguridad. No ofrecieron medidas de protección. Tampoco desvirtuaron las pruebas que advertían riesgos graves.
La suerte de Melvin Martínez quedó sellada. Su miedo, documentado y reiterado, no fue suficiente para detener un proceso que terminó enviándolo a aquello que más temía.